Erase una
vez un pueblo techado habitado por gemelos con zapatos de charol pero sin
calcetines. Desde el momento en que entré por la Avenida Principal me di cuenta
de lo chocante que era para mí el solo hecho de estar ahí respirando el mismo
aire que aquellos seres (que más que gemelos, eran fotocopias sin apegos ni
sentimiento… Sin vida), aquel que se contaminaba con el hedor emanado por sus
callosos y rasposos pies al contacto con los zapatos. Esto ya lo había vivido
antes, quizá sea la evocación de un recuerdo el que me causara esa repulsión.
De niño viví embarcado en un mar de marionetas sin hilos, de esas que no pueden
caminar ni tampoco quieren hacerlo. Solo yo y mi caña de pescar, buscando libros
y palabras entre tantas manos fotocopiadas -fotocopiadas como la cara del
individuo que me estaba mirando sentado en el paradero, fotocopiado como la
cara del individuo que me pidió un cigarro, iracundo como el rostro del mismo
al enterarse que no fumo-.
Así
transcurrió mi viaje, en busca de una palabra y una sonrisa, siempre guiado por
un impulso noctomaniaco, de esos que te tiran las patas cuando estás durmiendo,
intentado soñar algún romance quijotesco o el sabor de un frugelé –viejo
compañero de andanzas, de toda la vida-. Buscando en altamar un río
estratosferreico donde echar las redes y soñar una eternidad, de esas que duran
cinco minutos.
De mucho
remar contra la contracorriente di a parar a un fiordo/canal/rio/algo, en el
que las palabras se hicieron personas y esas personas, sonrisas, llantos,
recuerdos y frustraciones, todas aquellas hermosas emociones que hacen llover
fuego en nuestras mentes y satisfacen nuestra necesidad de gozo. Podríamos
incendiar la ciudad entera con nubes de algodón hasta formar una escalera que
nos lleve a nuestros recuerdos, los más puros sueños, aquellos que son vida…
Ella, la que iba en el bote de al lado, la que me hizo reír y la que me hizo
llorar, a la que le perdí el rumbo un día y de tanta soledad terminé varado en
ese pueblo de fotocopias con zapatos de charol pero sin calcetines…. ¿Dónde
erré el camino? De mucho andar y ver aquellas fotocopiadas caras sin encontrar
respuesta, me entregué finalmente con un suspiro a la vida, pero sin perder las
esperanzas. Fue entonces cuando se abrió el techo y de un grito las fotocopias
dieron alerta. ¡Era el tiempo! Ese mismo
que devora a sus hijos y a sus ahijados y a los perfectos extraños, ahora me perseguía
a mí con sus voraces y fotocopiadoras garras. Con audacia digna de un demonio
santiguado dibujé un par de alas con el mismo lápiz que Ella usó para dibujarme
las manos por allá en otros tiempos y en otros mares y volé por el techo
abierto para salir de aquel pueblo muerto y refugiarme bajo las estrellas; Las
estrellas no tienen tiempo: las ves hoy y las ves hace cinco mil años, y tal
como no hay tiempo, no hay gravedad: Volé con ellas, buscándola a ella.
Hoy sigo
buscándola para darle un abrazo en algodones cimentados por nuestros sueños y
en nuestros miedos, en reír y llorar no hay pecado. Sé que está por ahí. Quizá
me tarde dos eternidades, pero no importa: No tenemos apuros y no tenemos
tiempos… El tiempo ya se aburrió de buscarnos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario