lunes, 1 de octubre de 2012

Un exilio voluntario


Erase una vez un pueblo techado habitado por gemelos con zapatos de charol pero sin calcetines. Desde el momento en que entré por la Avenida Principal me di cuenta de lo chocante que era para mí el solo hecho de estar ahí respirando el mismo aire que aquellos seres (que más que gemelos, eran fotocopias sin apegos ni sentimiento… Sin vida), aquel que se contaminaba con el hedor emanado por sus callosos y rasposos pies al contacto con los zapatos. Esto ya lo había vivido antes, quizá sea la evocación de un recuerdo el que me causara esa repulsión. De niño viví embarcado en un mar de marionetas sin hilos, de esas que no pueden caminar ni tampoco quieren hacerlo. Solo yo y mi caña de pescar, buscando libros y palabras entre tantas manos fotocopiadas -fotocopiadas como la cara del individuo que me estaba mirando sentado en el paradero, fotocopiado como la cara del individuo que me pidió un cigarro, iracundo como el rostro del mismo al enterarse que no fumo-. 

Así transcurrió mi viaje, en busca de una palabra y una sonrisa, siempre guiado por un impulso noctomaniaco, de esos que te tiran las patas cuando estás durmiendo, intentado soñar algún romance quijotesco o el sabor de un frugelé –viejo compañero de andanzas, de toda la vida-. Buscando en altamar un río estratosferreico donde echar las redes y soñar una eternidad, de esas que duran cinco minutos. 

De mucho remar contra la contracorriente di a parar a un fiordo/canal/rio/algo, en el que las palabras se hicieron personas y esas personas, sonrisas, llantos, recuerdos y frustraciones, todas aquellas hermosas emociones que hacen llover fuego en nuestras mentes y satisfacen nuestra necesidad de gozo. Podríamos incendiar la ciudad entera con nubes de algodón hasta formar una escalera que nos lleve a nuestros recuerdos, los más puros sueños, aquellos que son vida… Ella, la que iba en el bote de al lado, la que me hizo reír y la que me hizo llorar, a la que le perdí el rumbo un día y de tanta soledad terminé varado en ese pueblo de fotocopias con zapatos de charol pero sin calcetines…. ¿Dónde erré el camino? De mucho andar y ver aquellas fotocopiadas caras sin encontrar respuesta, me entregué finalmente con un suspiro a la vida, pero sin perder las esperanzas. Fue entonces cuando se abrió el techo y de un grito las fotocopias dieron alerta.  ¡Era el tiempo! Ese mismo que devora a sus hijos y a sus ahijados y a los perfectos extraños, ahora me perseguía a mí con sus voraces y fotocopiadoras garras. Con audacia digna de un demonio santiguado dibujé un par de alas con el mismo lápiz que Ella usó para dibujarme las manos por allá en otros tiempos y en otros mares y volé por el techo abierto para salir de aquel pueblo muerto y refugiarme bajo las estrellas; Las estrellas no tienen tiempo: las ves hoy y las ves hace cinco mil años, y tal como no hay tiempo, no hay gravedad: Volé con ellas, buscándola a ella.  

Hoy sigo buscándola para darle un abrazo en algodones cimentados por nuestros sueños y en nuestros miedos, en reír y llorar no hay pecado. Sé que está por ahí. Quizá me tarde dos eternidades, pero no importa: No tenemos apuros y no tenemos tiempos… El tiempo ya se aburrió de buscarnos.     

No hay comentarios:

Publicar un comentario